«Elogio de la mascarilla» – Juan Manuel de Prada

Quienes aman la servidumbre deben ser sometidos periódicamente a humillaciones grotescas que les recuerden su condición servil.

Os ha sublevado un poco, ¡oh, pequeñuelos míos!, la imposición de la mascarilla en exteriores que hemos decretado en nuestro último cónclave pandemónico. En lugar de hacer tanto aspaviento, deberíais estar contentos. Hemos santificado vuestros pecados y a cambio vosotros nos habéis entregado vuestras prerrogativas humanas. La mascarilla os la hemos impuesto para que recordéis que somos vuestros amos, igual que en otras fases anteriores de la plaga os hemos obligado malignamente a recluiros en casa, a dejar morir sin compañía a vuestros padres en los morideros llamados residencias o a hacer el ridi, saliendo a aplaudir a los balcones. Quienes aman la servidumbre deben ser sometidos periódicamente a humillaciones grotescas que les recuerden su condición servil.

Sánchez anuncia que la mascarilla será obligatoria en exteriores salvo «excepciones»:

La imposición de la mascarilla en exteriores, bien lo sabemos, es una medida por completo absurda y chusca. Pero sirve para recordaros vuestra condición de bestias sumisas que, a cambio de que santifiquemos sus aberraciones, obedecen los mandatos más caprichosos. ¡Es tan hermoso veros convertidos en tarados tragacionistas que actúan irracionalmente! ¡Es tan emocionante que os dejéis inocular cada seis meses los mejunjes que poco a poco van reduciendo a fosfatina vuestro sistema inmunitario! ¡Es tan enternecedor que abarrotéis bares y restaurantes exhibiendo como botarates esa licencia para contagiar que os hemos hecho creer que es un pasaporte que os ampara! ¡Y es tan delicioso veros pasear como ánimas en pena con el bozal, respirando los efluvios de vuestra saliva rancia y comiéndoos vuestros propios microbios regurgitados!

Pero no os alarméis, que esta situación durará poco. En realidad, os hemos impuesto la mascarilla en exteriores para desviar vuestra atención borreguil, de tal modo que cualquier otra imposición alevosa os parecerá, en comparación, un alivio. ¿No habéis observado que todas las cacatúas y loritos sistémicos a los que hemos repartido en los medios de cretinización de masas han protestado contra la imposición?

En unos pocos días, a medida que esta chusma sistémica insista en su berrinche, retiraremos o relajaremos la medida, para que parezca que nos hemos rendido. Pero lo cierto es que hemos empleado la imposición de la mascarilla a modo de macguffin hitchcockiano o trampantojo para distraer a los ingenuos. De este modo, rehabilitamos ante sus ojos a la chusma sistémica de loritos y cacatúas a nuestro servicio. Y, a la vez, mientras os desgañitáis contra la mascarilla, normalizaremos el pinchazo semestral (o cuatrimestral, o mensual, o lo que nos salga del rabo y las pezuñas), hasta convertir vuestros cuerpos en acericos; y no os renovaremos el pasaporte o licencia para contagiar si no tragáis con cada nuevo pinchazo.

¿Acaso pensabais que íbamos a santificar vuestros pecados sin matar a cambio vuestras almas y vuestros cuerpos? Se nota que no conocéis bien al Gran Inquisidor que tanto os quiere. Disfrutad de vuestra navidad-sin-Dios-y-con-bozal, pequeñuelos míos.

Fuente: abc.es/…-prada-elogio-mascarilla-202112250035_noticia.html

2 Corintios 3

La gloria del nuevo pacto

7El ministerio que conducía a la muerte fue grabado en piedras; era tan glorioso que el pueblo no podía fijar la vista en el rostro de Moisés. Esto se debía a que el rostro le resplandecía con la gloria de Dios, si bien aquella brillantez ya se estaba desvaneciendo.8¿No debemos esperar una gloria mucho mayor en estos días del ministerio del Espíritu Santo? 9Si el ministerio que conducía a la condenación fue tan glorioso, cuánto más glorioso será el ministerio que justifica al hombre ante Dios.10En realidad, lo que fue glorioso es insignificante si se lo compara con esta supereminente gloria. 11Y si lo que era perecedero tuvo gloria, mucho más la tendrá lo que permanece.12Y como tenemos esta esperanza, podemos predicar con plena libertad. 13No como Moisés, que se cubría el rostro con un velo para que los israelitas no vieran que la gloria se le desvanecía. 14Sin embargo, aun hoy día, cuando leen el Antiguo Testamento, parecen tener el corazón y la mente cubiertos por ese mismo velo. Sólo Cristo puede quitarles el velo para que entiendan. 15Sí, todavía hasta el día de hoy, siempre que leen los escritos de Moisés, un velo les cubre el entendimiento.16Pero cuando una persona se vuelve al Señor, el velo se le quita, 17porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor allí hay libertad. 18Así que todos nosotros, con el rostro descubierto, reflejamos la gloria del Señor como si fuéramos espejos. Y el Espíritu del Señor nos va transformando de gloria en gloria, y cada vez nos parecemos más a él.

A %d blogueros les gusta esto: