Los Reyes Magos: la verdadera historia de los «astrónomos» de la antigüedad

La historia cuenta como tres hombres se guiaron por una estrella para llegar a Belén y visitar al Niño Jesús. Qué dice el Evangelio de Mateo sobre ellos y las visiones de la beata Ana Catalina Emmerick sobre el viaje de los Reyes Magos.

El 5 de enero es una noche en la que los corazones infantiles palpitan aceleradamente y cuando cierran los ojos sueñan con ilusión que los Reyes Magos de Oriente les traigan los regalos ansiados. Es tanta la emoción y el nerviosismo de los más pequeños que, en el silencio de la noche, de tanto pensar en ellos, les parece oír el sonido de sus pasos y el roce de sus túnicas de seda por los pasillos.

Según el imaginario popular, se trataban de Reyes Magos que llegaron a Belén siguiendo el rumbo de una misteriosa estrella que los guió hasta el lugar donde nació el Niño Jesús. Una vez allí, le ofrecieron regalos y luego se marcharon muy felices.

La existencia de los magos se menciona en el Evangelio de Mateo y se cree que Elena de Constantinopla (250-350 D.C.) encontró las Reliquias de los Reyes Magos, que contienen los supuestos restos, en la extinta ciudad de Saba (Medio Oriente).

Ella llevó el relicario hasta Constantinopla y luego terminó en Milán. En 1164, el emperador Federico Barbarroja se las robó de la ciudad y la llevó hasta la Catedral de Colonia, Alemania, donde permanecen en la actualidad.

Los científicos abrieron el sarcófago en el siglo XIX y descubrieron tres esqueletos: pertenecían a un nene de 12 años y a dos hombres de 30 y 50 años

Historia de los Reyes Magos

En la Biblia, Los Reyes solo aparecen en los escritos de Mateo. «Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del Oriente a Jerusalén unos magos diciendo ‘¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el Oriente y venimos a adorarle». (Mateo 2:1 1-12)

«Resulta curiosa su fama al ser citados una única vez (…) donde se habla de unos ‘magos’, pero no se precisan sus nombres, ni que fuesen reyes ni tan siquiera que fuesen tres”, aseguró el director del Departamento de Manuscritos, Incunables y Raros de la Biblioteca Nacional de España, Javier Docampo, explicó en una entrevista.

Docampo afirmó que en la obra anónima Auto de los reyes magos, escrita en el siglo XII, Melchor, Gaspar y Baltasar son identificados como astrólogos que debaten sobre el hallazgo de una nueva estrella y su posible significado: algo que relacionan con el nacimiento de un posible Mesías.

De acuerdo a Docampo, los tres tratan de saber la verdadera naturaleza del recién nacido mediante regalos: si fuera un rey de la tierra, preferirá el oro; si fuera un rey del cielo, querrá la mirra. Pero al final dejará las dos por el incienso.

El viaje de los Reyes Magos, según el relato de la beata Ana Catalina Emmerick


Desde temprana edad, Ana Catalina Emmerick fue testigo de muchos de los episodios de la historia sagrada. Entre sus visiones, recogidas por el escritor Clemens Brentano en los últimos años de su vida, la mística de Münster contempló el viaje de los Reyes Magos a Belén para rendir homenaje al recién nacido rey de los judíos. A continuación, reproducimos algunos fragmentos de las visiones y revelaciones de Ana Catalina Emmerick referidas a este momento: 

«He visto llegar hoy la caravana de los Reyes, por la noche, a una población pequeña con casas dispersas, algunas rodeadas de grandes vallas. Me parece que es este el primer lugar donde se entra en Judea. Aunque aquella era la dirección de Belén, los Reyes torcieron hacia la derecha, quizás por no hallar otro camino más directo. Al llegar allí su canto era más expresivo y animado; estaban más contentos porque la estrella tenía un brillo extraordinario: era como la claridad de la luna llena, y las sombras se veían con mucha nitidez.

(…) Muchas personas acompañaron a la comitiva de los Reyes Magos llevando palmas y ramas de árboles cuando pasaron por la ciudad. La estrella no tenía siempre el mismo brillo: a veces se oscurecía un tanto; parecía que daba más claridad según fueran mejores los lugares que cruzaban. Cuando vieron los Reyes resplandecer más la estrella, se alegraron mucho pensando que sería allí donde encontrarían al Mesías.

Esta noche volví a ver el acompañamiento de los Reyes que había aumentado a unas doscientas personas porque la generosidad de ellos había hecho que muchos se agregaran al cortejo. Ahora se acercaban por el oriente a una ciudad cerca de la cual pasó Jesús, sin entrar, el 31 de julio del segundo año de su predicación. El nombre de esa ciudad me pareció Manatea, Metanea, Medana o Madián. Había allí judíos y paganos; en general eran malos. A pesar de atravesarla una gran ruta, no quisieron entrar por ella los Reyes y pasaron frente al lado oriental para llegar a un lugar amurallado donde había cobertizos y caballerizas. En este lugar levantaron sus carpas, dieron de beber y comer a sus animales y tomaron también ellos su alimento. Los Reyes se detuvieron allí el jueves 20 y el viernes 21 y se pusieron muy pesarosos al comprobar que allí tampoco nadie sabía nada del Rey recién nacido. Les oí relatar a los habitantes las causas por las que habían venido, lo largo del viaje y varias circunstancias del camino.

(…)

Esta mañana vi la caravana de los Reyes que pasaba el Jordán a las siete. Comúnmente se cruzaba el río sirviéndose de un aparato fabricado con vigas; pero para los grandes pasajes, con cargas pesadas, se hacía por una especie de puente. Los barqueros que vivían cerca del puente hacían este trabajo mediante una paga; pero como era sábado y no podían trabajar, tuvieron que ocuparse los mismos viajeros, cooperando algunos hombres paganos ayudantes de los barqueros judíos. La anchura del Jordán no era mucha en este lugar y además estaba lleno de bancos de arena. Sobre las vigas, por donde se cruzaba de ordinario, fueron colocadas algunas planchas, haciendo pasar los camellos por encima. Dejando Jericó a la derecha van en dirección de Belén; pero se desvían hacia la derecha para ir a Jerusalén. Hay como un centenar de hombres con ellos. Veo de lejos una ciudad conocida: es pequeña y se halla cerca de un arroyuelo que corre de oeste a este a partir de Jerusalén, y me parece que han de pasar por esta ciudad. Por algún tiempo el arroyo corre a la izquierda de ellos y según sube o baja el camino. Unas veces se ve Jerusalén, otras veces no se la puede ver. Al fin se desviaron en dirección a Jerusalén y no pasaron por la pequeña ciudad.

(…)

Después de la terminación de la fiesta, la caravana de los Reyes llegó a las puertas de Jerusalén. He visto la ciudad con sus altas torres levantadas hacia el cielo. La estrella que los había guiado casi había desaparecido y solo daba una débil luz. A medida que entraban en la Judea y se acercaban a Jerusalén, los Reyes iban perdiendo confianza, porque la estrella no tenía ya el brillo de antes y la veían con menos frecuencia en esta comarca. Habían pensado encontrar en todas partes festejos y regocijo por el nacimiento del Salvador, a causa de quien habían venido desde tan lejos, y no veían más que indiferencia y desdén. Esto les entristecía y les inquietaba, y pensaban haberse equivocado en su idea de encontrar al Salvador.

La caravana podía ser ahora de unas doscientas personas y ocupaba más o menos el trayecto de un cuarto de legua. Ya desde Causur se les había agregado cierto número de personas distinguidas y otras se unieron a ellos más tarde. Los tres Reyes iban sentados sobre tres dromedarios y otros tres de estos animales llevaban el equipaje. Cada Rey tenía cuatro hombres de su tribu; la mayor parte de los acompañantes montaban sobre cabalgaduras muy rápidas, de airosas cabezas. No sabría decir si eran asnos o caballos de otra raza, pero se parecían mucho a nuestros caballos. Los animales que utilizaban las personas más distinguidas tenían bellos arneses y riendas, adornados con cadenas y estrellas de oro. Algunos del séquito de los Reyes se desprendieron del cortejo y entraron en la ciudad, regresando con soldados y guardianes. La llegada de una caravana tan numerosa en una época en que no se celebraba fiesta alguna era algo muy extraordinario. A todas las preguntas que se les hacía respondían hablando de la estrella que los había guiado y del Niño recién nacido.

(…)

En esta mañana muy temprano Herodes hizo llevar al palacio, en secreto, a los Reyes. Fueron recibidos bajo una arcada y conducidos luego a una sala, donde he visto ramas verdes con flores en vasos y refrescos para beber. Después de algún tiempo apareció Herodes. Los Magos se inclinaron ante él y pasaron a interrogarle sobre el Rey de los Judíos recién nacido. Herodes ocultó su gran turbación y se mostró contento de la noticia. Vi que estaban con él algunos de los escribas.

(…)

Veo la caravana de los Reyes junto a una puerta situada al mediodía. Un grupo de hombres los acompañaba hasta un arroyo delante de la ciudad, y luego volvieron. No bien habían pasado el arroyo se detuvieron buscando con los ojos la estrella en el firmamento. Habiéndola visto prorrumpieron en exclamaciones de alegría y continuaron su marcha cantando sus melodías.

(…)

Hoy, a la hora del crepúsculo, he visto la caravana de los Reyes llegando a Belén, cerca de aquel edificio donde José y María se habían hecho inscribir y que había sido la casa solariega de la familia de David. (…) Al llegar la caravana cierto número de curiosos se agolpó en torno de los viajeros. La estrella había desaparecido de nuevo y esto inquietaba a los Reyes. Se acercaron algunos hombres dirigiéndoles preguntas. Ellos bajaron de sus cabalgaduras y desde la casa he visto que acudían empleados a su encuentro, llevando palmas en las manos y ofreciéndoles refrescos: era la costumbre de recibir a los extranjeros distinguidos. Yo pensaba para mí: «Son mucho más amables de lo que lo fueron con el pobre José; solo porque estos distribuían monedas de oro». Les dijeron que el Valle de los Pastores era apropiado para levantar las carpas, y ellos quedaron algún tiempo indecisos. No les he oído preguntar nada del Rey y Niño recién nacido. Aun sabiendo que Belén era el lugar designado por las profecías, ellos, recordando lo que Herodes les había encargado, temían llamar la atención con sus preguntas. Poco después vieron brillar en el cielo un meteoro, sobre Belén: era semejante a la luna cuando aparece. Montaron en sus cabalgaduras, y costeando un foso y unos muros en ruina dieron la vuelta a Belén por el mediodía y se dirigieron al oriente, en dirección a la Gruta del Pesebre, que abordaron por el costado de la llanura, donde los ángeles se habían aparecido a los pastores.

Se apearon al llegar cerca de la gruta de la tumba de Maraha, en el valle, detrás de la Gruta del Pesebre. Los criados desliaron muchos paquetes, levantaron una gran carpa e hicieron otros arreglos con la ayuda de algunos pastores que les señalaron los lugares más apropiados. Se encontraba ya en parte arreglado el campamento cuando los Reyes vieron la estrella aparecer brillante y muy clara sobre la colina del pesebre, dirigiendo hacia la gruta sus rayos en línea recta. La estrella estaba muy crecida y derramaba mucha luz; por eso la miraban con grande asombro. No se veía casa alguna por la densa oscuridad y la colina aparecía en forma de una muralla. De pronto vieron dentro de la luz la forma de un Niño resplandeciente y sintieron extraordinaria alegría. Todos procuraron manifestar su respeto y veneración. Los tres Reyes se dirigieron a la colina, hasta la puerta de la gruta. Mensor la abrió, y vio su interior lleno de luz celestial, y a la Virgen, en el fondo, sentada, teniendo al Niño tal como él y sus compañeros la habían contemplado en sus visiones. Volvió para contar a sus compañeros lo que había visto.

En esto José salió de la gruta acompañado de un pastor anciano y fue a su encuentro. Los tres Reyes le dijeron que habían venido para adorar al Rey de los Judíos recién nacido, cuya estrella habían observado, y querían ofrecerle sus presentes. José los recibió con mucho afecto. El pastor anciano los acompañó hasta donde estaban los demás y les ayudó en los preparativos, juntamente con otros pastores allí presentes.

(…) Mensor y los demás se quitaron las sandalias y José abrió la puerta de la gruta. Dos jóvenes del séquito de Mensor, que le precedían, tendieron una alfombra sobre el suelo de la gruta, retirándose después hacia atrás, siguiéndoles otros dos con la mesita donde estaban colocados los presentes. Cuando estuvo delante de la Santísima Virgen, el rey Mensor depositó estos presentes a sus pies, con todo respeto, poniendo una rodilla en tierra. Detrás de Mensor estaban los cuatro de su familia, que se inclinaban con toda humildad y respeto. Mientras tanto Sair y Teokeno aguardaban cerca de la entrada de la gruta. Se adelantaron llenos de alegría y de emoción, envueltos en la gran luz que llenaba la gruta, a pesar de no haber allí otra luz que el que es Luz del mundo. María se hallaba como recostada sobre la alfombra, apoyada sobre un brazo, a la izquierda del Niño Jesús, el cual estaba acostado dentro de la gamella, cubierta con un lienzo y colocada sobre una tarima en el sitio donde había nacido. Cuando entraron los Reyes la Virgen se puso el velo, tomó al Niño en sus brazos, cubriéndolo con un velo amplio. El rey Mensor se arrodilló y ofreciendo los dones pronunció tiernas palabras, cruzó las manos sobre el pecho, y con la cabeza descubierta e inclinada, rindió homenaje al Niño. Entre tanto María había descubierto un poco la parte superior del Niño, quien miraba con semblante amable desde el centro del velo que lo envolvía. María sostenía su cabecita con un brazo y lo rodeaba con el otro. El Niño tenía sus manitas juntas sobre el pecho y las tendía graciosamente a su alrededor. ¡Oh, qué felices se sentían aquellos hombres venidos del Oriente para adorar al Niño Rey!»

https://infovaticana.com/2019/01/05/el-viaje-de-los-reyes-magos-segun-el-relato-de-ana-catalina-emmerick/amp/

Pronto el nacimiento de un nuevo comienzo, amanecerá

Mensaje del Libro de la Verdad 🏹

4 de enero de 2014

En anticipación al nacimiento de mi Hijo, los dolores fueron evidentes por todo lo que nos ocurría. Huí hacia Isabel buscando consuelo, sabiendo que ella era bendecida con habilidad y entendimiento, que le fueron dados por el Espíritu Santo. Yo, y mi bienamado esposo, buscamos este refugio de paz, en ese momento que estábamos tan agobiados de saber lo que estaba por llegar.

Cuando mi tiempo se aproximaba, cada obstáculo, planificado por el espíritu maligno, era puesto delante nuestro, a cada paso que dábamos. Nos daban portazos en nuestras narices; la gente que conocíamos nos evitaba y fuimos desterrados a la intemperie. Así que acabamos sin un techo sobre nuestras cabezas y en un refugio adecuado solo para animales, mientras el Santo Mesías venía al mundo como un indigente. No hubo ceremonias, ni coronación, ni reconocimientos. Solo quedó una poca gente para consolarme en mi soledad. Pero luego, cuando mi Hijo nació, todos los sentimientos de ansiedad se me fueron. Todo lo que sentí fue el Amor de la Divinísima Presencia. La Paz finalmente reinó en mi Corazón.

Por el Poder del Espíritu Santo, la ayuda y el consuelo nos fueron enviados, aunque en número fueron poca gente. A pesar de que el nacimiento de Jesucristo fue un acontecimiento humilde y sencillo – donde solo unos pocos participaron – el rumor se había esparcido. Así es como el Espíritu Santo actúa. Muchos habían esperado el nacimiento. Muchos habían oído acerca de este acontecimiento y muchos, entonces, hablaron de ello. Cuando fue hecho saber que Jesucristo, el Mesías prometido a la humanidad, había nacido, la oposición empezó a crecer. El vicioso ataque de Herodes y todos sus servidores, demostraron cuanto miedo pone la Presencia de Dios, en los corazones de los hombres malvados.

Desde ese día en adelante, yo me volví la protectora de mi Hijo, y mi bienamado esposo, José, organizó nuestra seguridad en muchas ocasiones después de eso. Pasamos muchos años huyendo de un lugar a otro. Tanta oposición enfrentamos, tanto miedo, tanto odio. Ése fue nuestro destino. En el momento en que mi Hijo fue encontrado a la edad de doce años orando en el templo, nos Lo llevamos a esconderle.

La familia de José se involucró en camuflarnos y sacarnos de allí, y durante muchos años, viajamos. Primero fuimos a Judea y luego mi Hijo fue llevado a India, Persia, Egipto, Grecia e Inglaterra. Donde quiera que íbamos, la Presencia de mi Hijo creaba muchos milagros, aunque Él nunca se presentó publicamente como el Mesías. Él estuvo muy bien cuidado y vimos mucho de Él. Vivimos en paz, amor y armonía y solo, por mi esposo José, no hubiésemos tenido un lugar donde ir, para proteger a mi Hijo hasta que Su Misión pública comenzó.

Y ahora que Su Segunda Venida es inminente, cada obstáculo será puesto antes de Su Llegada. Cada Palabra que salga de la boca de Su profeta, será desgarrada y ridiculizada. Solo un puñado de gente serán privados de la Verdad alrededor de esta Misión y muchas puertas darán portazos en las narices de aquellos que sigan Sus instrucciones. Ésta, es una Misión solitaria para tí, mi niña, y estás siendo instruida para permanecer obediente en todas las cosas que se te están haciendo saber por Dios.

Ayuda te será enviada. La ayuda también cesará cuando ese sea el Deseo de mi Hijo. Mientras se ve que pocos siguen ésta Misión, más millones creen en ella completamente. Porque la Palabra de Dios siempre atraerá a los que son Suyos, a través del Poder del Espíritu Santo.

Los dolores de parto han empezado, y el parto no durará mucho tiempo. Pronto el nacimiento de un nuevo comienzo, amanecerá, y entonces el Día del Señor finalmente llegará. Niños, estad en paz, porque todas estas cosas han de pasar antes de que la Tierra sea purgada de pecado.

Vuestra bienamada Madre

Madre de la Salvación

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