Como dice John Lennon, con su melodía dulzona y plagada de tópicos, Imagine. Ese mundo imaginado por el carismático artista; ese mundo sin fronteras, sin patria, sin creencias, sin familia….
Por Tomás Salas
Como dice John Lennon, con su melodía dulzona y plagada de tópicos, Imagine. Ese mundo imaginado por el carismático artista; ese mundo sin fronteras, sin patria, sin creencias, sin familia, esa utopía “lennonista” (no tan lejana, como pueda parecer, de la utopía “leninista”) dibuja de alguna manera el paisaje de una humanidad postcristiana. Una humanidad en la que las viejas propuestas laicistas se llevan a cabo hasta sus últimas consecuencias. Una sociedad donde las manifestaciones del Cristianismo se redujeran a su mínima expresión y, en todo caso, no fuesen nunca públicas y estuviesen encerradas en el ámbito de lo personal o, en todo caso, del pequeño grupo, de lo privado.
Esta utopía (“distopía”, para muchos) ya se ha comenzado a construir y, sobre todo en los países occidentales, la obra está bastante avanzada.
Pero sigamos imaginando…
Retiremos, por lo pronto, los crucifijos y símbolos cristianos de los lugares públicos.
Quitemos las fiestas que jalonan el calendario y, de alguna manera, nos organizan el transcurrir de todo el año y el ritmo de los periodos de trabajo y descanso: Navidad, Semana Santa, fiestas patronales, romerías. Además de borrarlas del calendario, podrían sustituirse por antiguas referencias paganas o por nombres inventados, como se hizo tras la Revolución francesa. Eliminemos las manifestaciones públicas y culturales que estas fiestas conllevan: procesiones, villancicos, pastorales, belenes.
Sigamos con el experimento y quitemos los nombres de raíz cristiana de personas, lugares, instituciones, empresas, celebraciones. Será una tarea difícil y engorrosa, sustituirlos por nombres laicos y neutros. El bautizo, por ejemplo, será un “Acogimiento Civil”.
Y puestos a eliminar, amputemos del cuerpo social lo que el Cristianismo ha aportado al pensamiento, a la literatura, al arte, a la cultura en suma. Es decir, echemos a la hoguera La Divina Comedia, El Quijote y alguna otra minucia y , aproximadamente, más de la mitad (un cálculo generoso) de arte occidental de todos los tiempos en la pintura, la escultura, la arquitectura. La pintura de Fray Angélico, la Pietà o las catedrales se convertirán en lejanos recuerdos.
Pasemos de la cultura a lo social y clausuremos todos los centros e instituciones desde los que la Iglesia realiza su labor humanitaria y educativa: instituciones de carácter internacional como Cáritas, residencias, hospitales, centros de rehabilitación, albergues, comedores sociales, escuelas, universidades. Todas estas funciones las realizará el Estado sin ningún problema.
Y, para terminar, la guinda de este experimento: eliminemos la raíz de todo este tinglado, lo más molesto y engorroso: el concepto cristiano de persona y la dignidad radical que se deriva de este concepto. De un plumazo, como por arte de magia, nos hallaremos en una situación de libertad pareja a la del paganismo precristiano, en el que era posible y lógico el esclavismo y en el que los niños deformes recién nacidos podían ser sacrificados (nada tienen que envidiarle, por cierto, las hazañas del paganismo moderno, por ejemplo los Gulag soviéticos o el exterminio nazi de los judíos o el aborto masivo). Eliminando esta rémora nada impide el aborto libre, una eutanasia de márgenes anchísimos y cualquier experimento con la vida humana. Igualmente queda abierta cualquier posibilidad, incluso las más imaginativas y novedosas, de relación sexual o estructura familiar.
Es decir, el experimento imaginario de una sociedad radicalmente laica, a la que muchos quieren caminar como hacia una utopía, es la labor de sacar de una caja, al modo de la chistera de un mago, objetos que creemos inservibles. Sacamos uno y otro y otro… Al final, terminado el proceso, alcanzada la ansiada utopía, descubriremos que en la caja no había otras cosas y que ahora sólo nos queda… el vacío.
Las sectas secretas se han propuesto a destruir el Cristianismo

Mensaje del Libro de la Verdad 🏹
11 de agosto de 2014
El mundo está inundado con una nueva forma de espiritualidad que comprende una creencia en un ser superior – al que llaman el cristo – pero no soy Yo, Jesucristo, al que ellos se refieren. Satanás, en la forma de Lucifer, conocido como el Rey de la Luz, es idolatrado no como una entidad maligna, sino como uno, que realiza un acto de Dios. Esta ideología se ve favorecida por las sectas secretas, que se han propuesto a destruir el Cristianismo. Muchos serán arrastrados a las prácticas ocultas y mágicas porque anhelan la excitación. Una vez elaborada se convertirán en peones y, con el tiempo, poseídos por el maligno.
Muchas personas están privadas de la satisfacción espiritual y anhelan la paz. Cualquier ideología, que afirma llevarles autorrealización, paz, calma y un entendimiento más profundo de su humanidad será atractiva para ellos. Muchos, sin embargo, detestarán seguirme, a Mí, Jesucristo, porque la sociedad me ha condenado a las entrañas de la tierra. Sin embargo, serán apaciguados cuando sean alimentados de la falsa doctrina de que todos los caminos llevan a Dios. Esto es una mentira porque solo podéis llegar a Dios, a través de Mí, Su Hijo unigénito, Jesucristo.
Yo Soy Uno en Él, Quien ha creado todas las cosas. Solo hay un Dios y Yo, Jesucristo, Soy el Verbo hecho carne para que la humanidad pudiera llegara a ser íntegra de nuevo. Sin Mí nunca podréis estar satisfechos, ni en esta vida ni en la próxima.
Al mundo se le dirá que el objetivo más importante es luchar por la libertad – la libertad a toda costa. Pero honrar verdaderamente a Dios significa perder vuestra capacidad de servir solamente vuestro propio interés y, como tal, el Cristianismo será detestado porque va a ser visto como una barrera a la libertad personal. Servir a Dios, algún Dios, se convertirá en el objetivo de muchas personas que buscan la Verdad. Pero cuando Satanás sea considerado divino, por el hombre, Dios – en Su infinita Justicia – destruirá a los que honran a la bestia. La bestia que se esconde entre la élite y los poderosos les da un gran poder a los que difunden la mentira de que Yo, Jesucristo, no existo. Esa es la mayor maldición infligida a la humanidad por Satanás y debido a la flaqueza del hombre, él cae en las mentiras, las cuales son vertidas desde la boca de los impíos.
Solo hay un Dios. Solo hay un camino hacia Dios. Ningún otro camino, independientemente de cuán brillante pueda ser presentado a vosotros, puede llevaros al Padre, solo el que viene a través de Mí, Jesucristo, el Salvador del mundo.
Vuestro Jesús
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