Aquellos que mueran fielmente en una de las batallas de esta guerra, los reinos celestiales no les serán negados de ninguna manera. El Todopoderoso sabe que habrán muerto por la verdad de la fe, la salvación de la Patria y la defensa de los cristianos.
San León IV, año 853.
Por El Templario
La vida del católico es una milicia, una guerra constante hasta que muere. No hay nunca cabida para la inacción o el derrotismo. Por el contrario, su lucha debe ser viril hasta el último día.
Debe vencerse primero a sí mismo. Esa lucha se inicia contra su propia CARNE. Debe dominar su propio aguijón. Sin lucha interior y sin vida y crecimiento espiritual, cualquier batalla exterior será pobre. «Revestíos de la armadura de Dios para que podáis sosteneros ante las asechanzas del diablo», clama San Pablo (Ef. VI,11).
Nuestra lucha no es sólo contra nosotros mismos, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos. Por ello la Iglesia considera al MALIGNO como el segundo enemigo del alma.
Esa batalla se prolonga contra el MUNDO que busca imponer sus máximas en contra de Dios. Ese mundo que no debe absorbernos y contra el cual debemos combatir vigorosamente hasta el final para no ser contaminados.
El católico batalla con la espada de la fe, pero sabe que ésta sin las buenas obras está muerta. Para ello debe primero conocer bien esa fe y saber cómo defenderla.
Un miliciano debe ser prudente, pero no según la carne, pues no debe saber de temores y cobardías. Dios da a cada quien un frente desde el cual combatir. Por eso el cristiano debe conocer cuál es su entorno, sus capacidades y por dónde debe luchar por Cristo. Su batallar debe reflejar su amor a Dios, a su verdadera Iglesia y al prójimo, al que busca salvar.
Sabe que va contracorriente, contra los dictados del mundo y de los enemigos de Dios. Ello no lo achica sino, por el contrario, es timbre de gloria, pues los borregos nunca han aportado nada. Prefiere ser del puñado de hombres que a fuerza de tener el coraje de ser inactuales, tienen la capacidad de ayudar a salvar la época que les ha tocado vivir.
El cristiano debe ser soldado de tiempo completo. No hay tiempo para la remembranza de batallas pasadas, como hacen los generales retirados. La lucha no termina sino hasta que alcancemos la bienaventuranza eterna. No hay tiempo para descansos ni para armisticios con el error y el pecado. Ni niño, ni joven, ni adulto, ni viejo, ni enfermo, puede detenerse. Su lucha puede adecuarse a su momento y circunstancia, pero nunca termina.
El católico militante debe estar siempre alerta para reconocer al enemigo con cualquier careta que se presente, así sea de una autoridad que con la piel de oveja esconde el pelaje de lobo y busca enseñar una doctrina diferente a la que por dos mil años enseñó la verdadera Iglesia y que, para guardarla y transmitirla inalterable, ésta recibió en depósito de Cristo. Ya el Redentor nos advirtió que nos cuidáramos de los falsos pastores.
Bien dijo S.S. León XIII: «Los cristianos han nacido para la lucha».
La Verdad no se impone por sí misma, sino que se abre paso en medio de enormes dificultades y suele dejar mártires entre los que se esfuerzan por defenderla. De ahí que Donoso Cortés sentenciara: «La guerra se dilata tanto como el espacio, y se prolonga tanto como el tiempo. Sólo en la eternidad, patria de los justos, puedes encontrar descanso; porque sólo allí no hay combate; no presumas, empero, que se abran para ti las puertas de la eternidad si no muestras antes las cicatrices que llevas; aquellas puertas no se abren sino para los que combatieron aquí los combates del Señor gloriosamente, y para los que van, como el Señor, crucificados».
Yo derramo grandes Gracias sobre Mis Seguidores, en estos tiempos
Mensaje del Libro de la Verdad 🏹
29 de Octubre de 2014
Yo derramo grandes Gracias sobre Mis Seguidores en este, un tiempo en el que ellos más las necesitan.
Las Gracias que Yo derramo sobre vosotros, Mis seguidores, incluyen el Don del Discernimiento para haceros capaces de ver el engaño que arruina al mundo entero. También os concedo el Don de la Perseverancia, para que os levantéis contra Mis adversarios y continuéis luchando el combate para que el Cristianismo sobreviva. Os doy también el Don de la Paciencia, para que seáis capaces de continuar diciendo la Verdad, cuando tengáis que escuchar las falsedades, que serán proferidas por aquellos seguidores Míos, quienes serán conducidos al error por Mis enemigos.
Finalmente, os doy el Don del Amor, y, cuando Yo os llene con este Don, vosotros seréis capaces de erradicar el mal a través de vuestras palabras, hechos y acciones. El Amor para Mí, significa que amaréis aún a vuestros enemigos y, por medio de este Don, destruiréis el odio.
Id y aceptad Mis Dones. Todo lo que tenéis que hacer, es decirme:
«Jesús, dame los Dones que necesito para permanecer fiel a Ti.»
Vuestro amado Jesús
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