El “enfermo mental” reprende y reprocha a los malos cristianos

Esta denuncia es un pequeño reflejo de una realidad mayor que viene a representar a toda la Iglesia, donde se pone en evidencia a muchos sacerdotes que, aunque no muestren gestos de amaneramiento están afeminados y disminuidos, precisamente por no querer defender los intereses de Dios.

Por Jesús del Pino Marín

La presente entrada de este Blog refleja una denuncia sobre la mala conducta y comportamiento de los cristianos de Almonte-El Rocío.

Esta denuncia es un pequeño reflejo de una realidad mayor que viene a representar a toda la Iglesia donde se pone en evidencia a muchos sacerdotes que, aunque no muestren gestos de amaneramiento están afeminados y disminuidos precisamente por no querer defender los intereses de Dios.

Por otro lado, se pone en evidencia el mal comportamiento de aquellas ovejas descarriadas que también se cuentan como aquellos fieles que en su práctica cristiana demuestran una gran falta de respeto, irreverencia y ultraje hacia lo más sagrado que es Dios en primer lugar y después hacia los lugares donde Él mora de una forma especial, que son sus templos.

«Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón; aunque contra mí se levante guerra, yo estaré confiado» (Sal. 27,3)

Que en esta ocasión me presente como un “enfermo mental” con el fin de reprender y reprochar la mala conducta y comportamiento de los cristianos de este emblemático pueblo de Andalucía, para algunos les puede crear cierto temor, para otros confusión y en el último de los casos esta presentación sobre mi persona podría ser un motivo suficiente para subestimar los dones o capacidades que por gracia de Dios he podido recibir. 

Después de haber vivido 37 años en una ciudad con más de doscientos veinte mil habitantes y con tantas parroquias y después de llevar viviendo nueve años en Almonte he tenido la ocasión de apreciar los pros y los contras en lo que respecta a la experiencia de la vida interior en la Iglesia. Quizá lo más importante que puedo destacar es que en una ciudad las miserias de las personas que vamos a misa pasan más desapercibidas y cuando estas personas se disgustan por alguna razón con una parroquia se van a otras y creen que de esta manera solucionan su problema. En un pueblo es muy diferente, aunque la Iglesia es como un fractal, pues todo lo que sucede en una escala mínima y reducida sucede también en una escala a lo macro, por lo que todo aquello que pueda expresar en lo sucesivo sirve para evidenciar la realidad de lo que sucede en otros muchos lugares del mundo a grandes rasgos.

Desde que llevo viviendo aquí los conflictos y tensiones con ciertas autoridades civiles y eclesiales han sido constantes. Por el compromiso que tengo asumido como cristiano también he tenido desencuentros con muchos fieles de la parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción. Desde que llevo viviendo aquí mi curriculum tiene 8 ingresos más de los nueve que tuve en Madrid (cárceles), así como más de 20 años en total sometido a psicofármacos (cadenas químicas) que me ocasionan graves angustias. Una multa con una orden de alejamiento de mi parroquia por amenazas a un sacerdote que nunca detalló en su denuncia el motivo expreso de esta; constantes intervenciones de la Policía Local y la Guardia Civil para expulsarme de mi parroquia y multitud de sanciones económicas derivadas de estas circunstancias. Vejaciones y maltratos físicos y psicológicos en la comisaría de la Policía Local de este pueblo. La expulsión de una residencia de mayores donde he podido hacer labores de voluntariado durante años por haber pedido respeto a la presencia de Jesús Eucaristía en la capilla. Y la última experiencia adversa que tuve fue recibir una paliza en el interior de la parroquia por haber pedido también respeto al lugar sagrado.

En principio puedo decir que por desgracia no podemos esperar buenos frutos para este pueblo, pues por poner un ejemplo reciente uno de los sacerdotes en la misa dominical, predicando sobre la fidelidad decía que muchos cristianos en el mundo son perseguidos por causa de su fe, aunque a nosotros Dios no nos pide ⸺ahora⸺ actos heroicos, sino pequeños actos de fidelidad. Por esta razón muchos nos podemos preguntar, ¿No teníamos claro los cristianos que para ser santos debemos esforzarnos con la gracia de Dios cada día para superarnos en las virtudes en un grado heroico?

Y aunque podamos creer en un principio como probabilidad más favorable que no todos seremos llamados al martirio, ¿No resulta prudente que cada cual nos podamos preparar para este posible momento? Por desgracia de esta manera se predica la mediocridad, esa conducta “normal” que incluso algunos sacerdotes defienden que tuvo nuestro Señor Jesucristo. Esto pone en evidencia a muchos sacerdotes que, aunque no muestren gestos de amaneramiento están afeminados y disminuidos precisamente por no querer defender los intereses de Dios, por ser como perros mudos (Is. 56,10-12) y por no querer en definitiva padecer las consecuencias de la verdadera fidelidad a Cristo, que es la persecución por parte del mundo y también aquella que padecemos dentro de la propia Iglesia. Por este afeminamiento y disminución de los sacerdotes, en las misas de difuntos con el fin de poder agradar a los familiares y amigos que asisten al funeral suelen faltar con su deber de cara a Dios cuando suelen canonizar a los difuntos, dando a entender con mayor o menor sigilo que estos ya disfrutan de la paz de Dios o que están en las marismas eternas.

Cuantas comuniones sacrílegas se producen especialmente en estos momentos cuando tampoco tienen el valor de predicar antes de dar la comunión, aunque sea de forma ocasional que, si alguien come y bebe indignamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo, no solamente come y bebe su propia condenación, sino que además por esta causa se verán acosados por enfermedades e incluso les podrá sobrevenir la muerte (1 Co. 11,27-34).

Esto en definitiva es una prueba evidente más de que poco les importa tanto la salud como la propia vida de estas ovejas.

En  cuanto al ejemplo de la mayoría de los fieles, aquello que pone más de manifiesto que son malos cristianos son las conversaciones distraídas dentro del templo. ¡! Qué gran falta de respeto, que irreverencia y provocación hacia la presencia de Jesús Eucaristía¡! Actuando de esta manera ignoran que profanan este santo lugar donde mora de una manera especial la presencia de Dios. Ellos no van a hacer compañía al Santísimo, sino a seguir dentro de la parroquia con las tertulias que han dejado a un lado un rato antes de irse de casa cuando han tenido que apagar el televisor por obligación para poder encontrarse con otras personas en la Iglesia dispuestas a contarse las cuitas de ese día. No les importa las amonestaciones y reprensiones que hagas porque les son indiferentes, pues lo primero son sus cosas antes que recogerse un poco en paz para encontrarse con Dios orando en este lugar. Que poco valor que le dan a la misa y a Aquel que han recibido cuando al terminar el Santo Sacrificio prácticamente todos se desatan en ese ruido del mundo, sin tener apenas la consideración de recogerse un poco para dar gracias a Dios por estar en su pecho; por ser sagrarios vivos.

Pobres ovejas descarriadas, pues, aunque creen encontrarse en el redil no tienen quien les prediquen y les hagan entender aquello que nos dice el Maestro «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt. 7,21). La gran mayoría creen tener ganado el cielo con seguridad por el simple hecho de ir a misa y porque hacen algunas obritas buenas, mientras que por lo contrario san Pablo nos dice que no tengamos esta seguridad (Flp. 2,12). Como en mí caso no tengo por seguro ni siquiera el purgatorio, es lo que precisamente me hace ser tan combatiente, pues no quiero ser tentado como esta mayoría que sin apenas tener consciencia tienen completamente bajada la guardia en la milicia de Cristo.

Y qué decir en casi en general de los rocieros de este pueblo que suelen cantar solo cuando viene la temporada aquella canción que «para ser rociero primero hay que ser cristiano». Cuantas son las masas de miles y miles de almonteños que se movilizan para las romerías, de los cientos de personas que se reúnen en las misas de sabatina los últimos días de mes, pero cuando el sacerdote expone los jueves una hora el Santísimo solo queda un ejército remanente de 20 o a lo sumo 30 personas para adorar al Señor.

Este es otro lugar muy peculiar en nuestra geografía española donde la hiperdulía y la latría se ha trastocado, pues se adora a la Virgen del Rocío y por otro lado se venera a Dios. Esto es otra evidencia más que otras personas de pueblos limítrofes les escandaliza, pues tanto en el santuario de El Rocío como cuando la imagen de la Virgen se traslada cada siete años a este pueblo, al menos ciertas autoridades se preocupan más por velar por el silencio que debe de haber en el templo en este momento que cuando la imagen no está.     

Los sacerdotes de este lugar, quizá por no querer perder autoridad, por no querer ser puestos en evidencia o por su falta de valor me han recriminado que si alguien debe de pedir silencio a los fieles son ellos, sin embargo, casi nunca suelen estar rezando donde tanto molestan otros con sus conversaciones distraídas. Queriendo reafirmar su autoridad, parece que por momentos ignoran que todos estamos llamados a velar por los intereses de Dios y también por aquellos fieles que desean recogerse en oración, más cuando aquellos que deberían de actuar no quieren hacer nada para favorecer el clima de recogimiento. También me recriminan y han tratado de persuadirme de muchas formas para que deje de reprender y reprochar a los fieles por su mal comportamiento, aunque gracias a Dios tengo plena consciencia que de esta manera doy gloria a Dios y busco el bien de la comunidad, pues seguiré procediendo de esta manera precisamente por lo que nos dice el Libro de Proverbios «Las palabras en el momento oportuno son como manzanas de oro incrustadas en plata. Como un anillo y un collar del oro más fino, es la sabia reprensión en quien sabe recibirla» (25,11-12).

No debo tener ningún miedo a que todo este pueblo se me eche encima o pueda quedarme solo y desolado por querer dar la cara por Dios, pues así dice también el Señor cuando el Profeta Jeremías se encontraba en una situación semejante: «No les tengas miedo, pues de lo contrario te haré temblar de miedo cuando te enfrentes a ellos» (Jer. 1,17).

Queda poco para que la imagen de la Virgen del Rocío sea trasladada de nuevo a este pueblo y por desgracia esto ocasiona mayores desmadres, ya que hay más afluencia de peregrinos. El mayor acto de caridad que podemos tener hacia el hermano que yerra ha sido siempre decir la verdad y debido también a nuestra obligación de cumplir con la Palabra de Dios: «Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda paciencia y deseo de instruir» (2 Tim. 4,2), me encuentro bajo la constante amenaza de estas autoridades para volver a ser barrido de nuevo del sistema por los servicios sociales (Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y Servicio de Urgencias 112).

A pesar de que esta es también una muestra de mi amor hacia las personas de este pueblo, quieren acabar con el mensajero, porque molesta a las conciencias. Grande es también la malicia y cobardía de las ovejas descarriadas de esta Iglesia que van a escondidas a dar las quejas a los sacerdotes para que estos finalmente terminen matando a las ovejas más gordas (Ez. 34,3). Estos sacerdotes y fieles no son apenas conscientes que con su mala conducta y comportamiento están crucificando de nuevo a nuestro Señor Jesucristo.

Aquí concluye este breve reproche y reprensión dirigida a este pueblo hecha por un “enfermo mental”, pues antes de que se acuñase este concepto moderno por los intereses de este mundo éramos simplemente “locos”.  

Entre estos conceptos confusos para el entendimiento humano que ciertamente son medicinales para humillar nuestro ego, amor propio, soberbia y menospreciar aquellas seguridades efímeras de este mundo, siempre se han escondido la figura de los profetas. Todos estamos llamados a esta vocación por el bautismo, pero son muy pocos los que quieren aceptar llevar esta gran cruz. Puesto que hoy más que nunca el Señor necesita más servidores dispuestos al combate, sigue haciendo la misma pregunta que le hizo al Profeta Isaías  «¿A quién enviaré como mensajero a este pueblo? ¿Quién irá por nosotros?». —Aquí estoy yo—le dije—. Envíame a mí (Is. 6,8).

https://novaevangelizatio.org/el-enfermo-mental-reprende-y-reprocha-los-malos-cristianos-de-almonte-el-rocio/

Los fariseos azotaron y asesinaron a muchos antes de finalmente crucificarme

Mensaje del Libro de la Verdad 🏹

26 de agosto de 2013

Mi amadísima hija, antes de que fuera crucificado, muchas mentiras llenas de odio fueron creadas acerca de Mí por Mis enemigos. Hubo reuniones celebradas por los fariseos, muchas veces, para decidir qué hacer respecto a Mí. No aceptaban, ni por un minuto, que Yo había sido enviado por Dios para salvar a la humanidad. Cómo me odiaron. Cómo gritaron y atormentaron a aquellos discípulos Míos, que fueron capturados por ellos.

Los fariseos azotaron y asesinaron a muchos antes de finalmente crucificarme. Su salvajismo y su maldad estaban en contra de la Enseñanza de Dios y la Santísima Biblia. Esto no los desalentó, mientras me persiguieron. Predicaban la Palabra de Dios y luego desafiaban la Palabra de Dios – todo al mismo tiempo. No solo me condenaron, sino que declararon que Dios nunca enviaría a un Mesías de este tipo. Menospreciaban a la gente humilde y pobre y a aquellos que consideraban que eran teológicamente ignorantes. Su odio por Mí asustó a muchas pobres almas, que asistían a los templos. Aquellos que les preguntaban por qué ellos, los fariseos, me condenaron, fueron ellos mismos condenados, por atreverse a cuestionar sus razones para rechazarme.

Hubo muchos falsos profetas predicando, mientras Yo caminaba la Tierra y se me consideraba estar loco y no ser tolerado. Muchos de estos falsos profetas citaban del Libro del Génesis y hacían afirmaciones ridículas, que eran ofensivas a Dios, sin embargo eran toleradas y les era dada poca atención.

Aunque los milagros, los que realicé, fueron presenciados, ellos todavía no abrían sus ojos a la Verdad, porque no querían ver. Los sacerdotes de entonces ofrecieron muchos discursos públicos, que me condenaban como siendo el hijo de Satanás y advirtieron a aquellos que fueron vistos asociarse Conmigo que ellos serían expulsados de los templos. Me rechazaron porque no podían aceptar Mi origen humilde y porque no era educado a sus altas expectativas. Por lo tanto, concluyeron, Yo no podía posiblemente ser el Mesías. Pensaron que el Mesías vendría de dentro de sus propias filas. Y en consecuencia, detestaban todo sobre Mí. Se sintieron amenazados por Mis Palabras, las que a pesar de su rechazo a Mí, los tocaban de alguna manera, que ellos no comprendían.

No estaban preparados para Mi Primera Venida. Ciertamente ellos no están preparados para Mi Segunda Venida, hoy. Cualquiera que se atreva a decir que es un profeta, enviado para advertir a los hijos de Dios de la Segunda Venida, será tolerado, una vez que no revele la Verdad. Pero cuando un verdadero profeta se revele a sí mismo y hable la Palabra de Dios, él o ella serán odiados y condenados públicamente. Cuando veáis condenación rotunda, basada en la ignorancia de las Promesas hechas por Mí, de venir otra vez, y cuando el odio sea tan despiadado que los perpetradores quebranten la Palabra de Dios, sabréis entonces que es a Mí al que odian. Solo yo puedo atraer tal odio entre los pecadores. Solo Mi Voz suscita tal oposición.

Si fuera a caminar sobre la Tierra, en este momento, me crucificarían otra vez. Aquellos que afirman amarme y quienes guían a Mis discípulos en la Iglesia cristiana serán, tristemente, los primeros en clavar el primer clavo en Mi Carne.

Recordad, ninguno de vosotros es digno de ponerse ante Mí. Ninguno de vosotros tiene la autoridad para condenar públicamente Mi Palabra, cuando no me conocéis. Vosotros, quienes me condenáis, mientras trato de cumplir la Alianza Final de Mi Padre, no tenéis vergüenza. Vuestro orgullo me indigna. Habéis condenado vuestra propia alma, a Mis Ojos. No habéis aprendido nada sobre Mí. No creéis en la Sagrada Escritura porque negáis que Mi Segunda Venida se llevará a cabo.

Se os pedirá contar las almas que me habéis perdido, en el último día. En ese día, mientras gritáis por Mi Misericordia, seréis incapaces de mirarme a los Ojos.

Vuestro Jesús

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