Noelia ha muerto sola en su habitación,sin familia ni amigos. ¿Se suicidó, la han matado? Ahora solo queda silencio. La ponemos en el corazón de María.
Noelia ha muerto. ¿Se suicidó, la han matado? La joven de 25 años recibió ayer la eutanasia en una residencia de Barcelona, después de meses en los que su padre luchó en los tribunales para evitar su muerte. Afuera, personas protestando. Las redes sociales, incendiadas con comentarios a favor de la “libertad” y en contra del asesinato. Ahora solo queda silencio.
Una vida humana ha sido arrebatada. Los medios relatan que murió sola, en su habitación, sin familia ni amigos: ella lo pidió así. Su decisión, “libre y consciente” —como la describen quienes presentan el caso como una victoria de los derechos civiles— fue morir para no sufrir más.
Murió sola porque los miserables no dejaron que la acompañara nadie, no se les fuera a arruinar el negocio. En el video vemos como la Policía Nacional no dejó a la mejor amiga de Noelia ir a despedirse de ella, no vaya a ser que cambiese de opinión.
La eutanasia no es solo una decisión personal ni un procedimiento médico, ni tampoco un supuesto derecho de los hombres libres, sino el síntoma de una cultura que ha perdido el sentido del sufrimiento, de la muerte y, en última instancia, de Dios.
El sufrimiento convertido en algo intolerable
San Juan Pablo II advertía ya en 1995 que la mentalidad dominante en las sociedades desarrolladas había comenzado a medir el valor de la vida en función del bienestar. Cuando la vida ofrece placer y autonomía, se considera valiosa; cuando llega el sufrimiento, pasa a percibirse como una carga de la que hay que liberarse.
En ese marco, la muerte deja de ser un límite que interpela al hombre y se transforma en una opción. Si interrumpe una vida “interesante”, se la considera absurda; si llega en medio del dolor, empieza a presentarse como una salida. Así, casi sin advertirlo, se instala la idea de que hay vidas que ya no merecen ser vividas.
Cuando el hombre se cree dueño de su vida
Detrás de este cambio hay algo más profundo. El hombre deja de reconocerse criatura y empieza a considerarse dueño absoluto de su existencia. La vida ya no se recibe como un don, sino como una realidad disponible, sometida a la propia voluntad.
Desde ahí, la pregunta deja de ser cómo vivir con sentido y pasa a ser cuándo merece la pena seguir viviendo. Y cuando la respuesta depende solo del bienestar, el final parece justificarse como una decisión personal, incluso como un derecho.
Pero esa aparente autonomía es engañosa. Cuando el valor de la vida depende de condiciones externas, deja de ser un valor firme y queda expuesto a cualquier cálculo.
La compasión que abandona
No toda compasión es verdadera. Lo que se presenta como un gesto de humanidad puede convertirse, en realidad, en una forma de abandono.
Eliminar a quien sufre no es aliviar el dolor, sino renunciar a acompañarlo. La verdadera compasión no suprime, permanece. No elimina, sostiene. No pone fin a la vida, sino que se hace cargo de ella incluso cuando se vuelve frágil.
Cuando una sociedad empieza a aceptar que hay vidas que es mejor terminar, lo que está fallando no es solo la medicina, sino la mirada sobre el hombre.
Provocar la muerte no es una opción neutra
El juicio moral, en este punto, no deja lugar a ambigüedades. Provocar la muerte para eliminar el sufrimiento no es una forma de cuidado, sino una ruptura radical con el valor de la vida humana.
No se trata únicamente de una decisión privada. Es un acto que afecta a la relación con los demás, con la sociedad y con Dios. La vida deja de ser un bien que se protege para convertirse en algo que se administra.
Sin embargo, hay que introducir aquí una distinción esencial, que a menudo se pierde en el debate: no es lo mismo provocar la muerte que aceptar su llegada.
Aceptar la muerte no es lo mismo que causarla
No todo rechazo de tratamientos equivale a eutanasia. Hay situaciones en las que prolongar la vida mediante intervenciones desproporcionadas solo alarga el sufrimiento sin ofrecer una verdadera esperanza.
Renunciar a esos medios no es abandonar la vida, sino aceptar sus límites. Del mismo modo, aliviar el dolor, aunque ello pueda acortar indirectamente la vida, no equivale a querer la muerte, sino a cuidar al enfermo de forma proporcionada.
Estas distinciones muestran que no se trata de prolongar la vida a cualquier precio, sino de respetarla hasta el final.
El drama de una libertad herida
Pero hay todavía otro nivel que no puede ignorarse. Quien llega a desear la muerte rara vez lo hace desde una libertad plena. El sufrimiento físico, el dolor psicológico, la soledad o la desesperación pueden oscurecer la conciencia.
La decisión aparece entonces como libre, pero está profundamente condicionada. La persona no elige simplemente entre vivir o morir: reacciona ante una situación que percibe como insoportable.
Por eso, aunque el acto en sí mismo sea objetivamente grave, la responsabilidad personal puede verse atenuada. Allí donde la conciencia está herida, también puede abrirse un espacio para la misericordia.
La respuesta verdaderamente humana
Frente a esta lógica, hay un camino distinto. Ante el sufrimiento, lo que el ser humano necesita no es la muerte, sino la presencia.
El deseo más profundo no es dejar de existir, sino no estar solo. Ser acompañado, sostenido, reconocido incluso en la debilidad. Saber que la propia vida sigue teniendo valor, también cuando pierde autonomía o bienestar.
Ahí se juega la verdadera humanidad de una sociedad. No en su capacidad de eliminar el dolor a cualquier precio, sino en su capacidad de permanecer junto al que sufre.
Aquellos que sufrís enormemente y quienes pudiesen haber perdido toda esperanza en la vida, sabed que estáis en Mi Corazón
Mensaje del Libro de la Verdad 🏹
13 de septiembre de 2013 a las 23:15 hrs.
Mi muy querida bienamada hija, Mi Corazón suspira por el mundo y todos los que viven en él y les prometo que haré todo lo posible por uniros a todos, hijos de Dios, dentro de Mi Corazón. Amo a cada hombre, mujer y niño, sin importar quiénes son –ya sea que sean poderosos, ricos, influyentes, humildes, pobres o solo personas simples, viviendo vidas ordinarias. Todos vosotros fuistéis elegidos para nacer, por Mi Padre, Quien os creó. Cada alma tiene un propósito y cada uno de vosotros es un hijo amado de Dios.
Aquellos de entre vosotros que sufris enormemente y quienes pudiesen haber perdido toda esperanza en la vida, sabed que estáis en Mi Corazón y que siento vuestro dolor profundamente. Sufro dentro de vosotros. Nunca debéis perder la esperanza, porque tengo un lugar para vosotros en Mi Paraíso. Cuand perdéis la esperanza, estáis dándole la espalda a vuestro futuro, el cual está lleno de Mi Luz. Este futuro es Mi Regalo para vosotros y todo es Mío. Quitaré vuestra preocupación. Solo llamadme y decidme: “Jesús, quita mi terrible dolor y sufrimiento y déjame sentir Tu Amor.” Y levantaré vuestra pesada carga al instante.
Cuando os sintáis vacíos y creáis que nadie realmente os ama, debéis saber que Yo Estoy ahí a vuestro lado, porque Yo siempre os amaré, no importa cuán lejos os hayáis desviado. Cuando creáis que no tenéis nada por qué vivir, entonces sabed que Mi Nuevo Paraíso os dará la Vida Eterna. Pero debéis perseverar primero con vuestro sufrimiento en esta vida. A pesar de todo Yo aliviaré vuestro sufrimiento, y todo lo que tenéis qué hacer es pedirme que lo haga.
Muchos de vosotros os sentís despreciados, no amados, fracasados, insatisfechos y de poca utilidad. Os sentís así porque el mundo está obsesionado con el supuesto éxito y ambiciones. Solo los pocos, la élite, parecen alcanzar tales grandes alturas. Las presiones creadas por los medios de comunicación del mundo para celebrar la riqueza y la belleza solo sirven para destruir la confianza del hombre ordinario. No es necesario impresionar a otros. No es necesario o deseable impresionarme con su supuesto éxito. Trabajad duro, por todos los medios. Utilizad los talentos dados a vosotros por Dios, pero utilizadlos con el fin de servir a otros y por el bien de todos. Pero sabed esto. Es el débil, el humilde de espíritu y aquellos con un simple amor por Mí, Jesucristo, a quienes Yo levantaré a la mayor gloria en Mi Reino. Aquellos quienes sufren ahora nunca sufrirán de nuevo en Mi Nuevo Paraíso.
Mi promesa de venir a reuniros a todos será cumplida durante Mi Segunda Venida. Ansiad este día con anhelo y alegría, ya que no está lejos, y entonces os traeré los Dones de amor, alegría, felicidad y Vida Eterna. Perseverad y acercaos a Mí. Yo Estoy con vosotros. Nunca os abandonaré, pero no debéis separaros de Mí porque si lo hacéis, estaréis perdidos para Mí. Venid, recostad vuestra cabeza en Mi Hombro.
Permitidme consolaros. Permitidme poner fin a vuestro dolor. Permitidme que os seque vuestras lágrimas. Permitidme daros Mi Paz.
Os concedo una Bendición especial ahora. Tomadla. Aceptad Mi Mano y todo estará bien. Os amo.
Vuestro Jesús
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