Me gusta pensar que quien se pone al servicio del hombre para aliviar su sufrimiento no es más que una esponja.
por Alfredo Villa
Una esponja.
Me gusta pensar que quien se pone al servicio del hombre para aliviar su sufrimiento no es más que una esponja.
Pensar en uno mismo como herramienta, es decir, algo concreto, definido y con una finalidad y utilidad específicas, creo que nos permite obtener desde el principio dos pequeñas gracias personales, que preceden y, en todo caso, potencian los frutos que se derivan de dejarnos utilizar según nuestra naturaleza individual, y, por tanto, para bien.
Lo primero es fomentar la humildad.
Nunca he visto un avión ni un martillo tan orgulloso, autónomo e independiente.
Estos requieren siempre y en todo caso de la voluntad creadora de alguien distinto a ellos mismos, para realizar la razón de su existencia.
El segundo es el discernimiento de la vocación.
Nunca he visto una azada utilizada para escribir ni un lápiz utilizado para arar.
Quien tiene el poder de utilizar tales instrumentos sabe muy bien qué instrumento, cuándo y con qué fin debe emplearse.
Pensarnos como herramienta, pero sobre todo preguntarnos y comprender cuál de ellas es cada uno de nosotros, nos permite comprender nuestra naturaleza funcional dentro del plan providencial y salvífico de Dios al que sometemos humildemente nuestra voluntad, una vez que la suya se nos ha manifestado claramente.
Así que quien quiera servir a los demás en el sufrimiento debe ser como una esponja y simplemente comenzar a absorber y ser exprimido.
Creo que hay un sufrimiento natural, orgánico, original y otro generado.
Este último se puede reducir al no pecar.
En la conexión insondable pero evidente entre cada hombre, mi pecado personal, aunque tenga consecuencias que desconozco, genera desarmonía y sufrimiento que inevitablemente recaerán sobre los demás.
La masa tumoral del dolor sólo puede reducirse aumentando la santidad de las almas .
Todo el mal que queda y que no puede o no es reducido por el predominio del amor, ya que no puede ser aniquilado, sólo puede ser compartido, compadecido, santificado y dejado de lado.
Este compartir, esta compasión, esta santificación y esta entrega es la función de la esponja.
Todo lo que tiene que hacer es sumergirse, sin juicios ni orgullo, en las lágrimas que fluyen de cada cuerpo herido, enfermo, ofendido, humillado, marginado, hambriento y moribundo, y una vez sumergida, debe simplemente absorber.
La esponja, por tanto, acoge primero y transfiere luego sobre sí la desesperación y el dolor del otro, generando ese alivio, que es el de la comunión, que no sólo obtiene consuelo, sino que huele a Dios.
Sin embargo, su función terminaría después del primer uso y sería totalmente inútil si la esponja no estuviera bien escurrida.
Pero lo que ha absorbido es tan infinitamente precioso y al mismo tiempo tan humano, que nada debe perderse y debe verterse en un recipiente para el uso cotidiano, así como lo es cotidiano el sufrimiento.
Esta palangana de lágrimas debe ser colocada luego a los pies de Jesús, concretamente el Jueves Santo, que también se renueva diariamente y se recuerda en el Sacrificio Eucarístico.
La calidad de una esponja está determinada por su capacidad de absorber y liberar.
El hombre, o mejor dicho, la esponja-siervo, puede mejorar su calidad mediante la oración de alabanza, el culto a la Divina Misericordia y el amor a la Santa Cruz.
Antes de dejarse sumergir en el dolor ajeno y con él en el propio sufrimiento más íntimo, debe reconocer, agradecer y alegrarse de la armoniosa belleza y de la infinita justicia de Dios.
Esta alabanza es una condición necesaria para afirmar la infinita ternura de Dios y glorificar su bondad.
Un simple gracias también quita la tentación de sentir dolor y abre y aumenta la capacidad del corazón, multiplicando milagrosamente su capacidad de absorber y transferir sobre sí mismo el dolor y el sufrimiento ajeno y propio, sin ser destruido por ellos.
Para trasladar sus lágrimas y las de los demás fuera de sí, derramándolas y dejándolas escurrir, debe dar gloria a la Misericordia de Dios.
Estas lágrimas, generadas por el pecado y el mal, deben ser purificadas mediante la oración de contrición y la petición de perdón.
Sólo así todos podrán pasar por el tamiz de la Misericordia de Dios, que transforma las lágrimas hinchadas por la desesperación en una superficie líquida en la que el hombre puede reflejarse, con la vergüenza pero también con la esperanza.
Ahora, y sólo ahora, esta palangana llena del dolor del hombre puede ser ofrecida al Dios crucificado, como sacrificio espiritual agradable en constante cumplimiento de la incesante Pasión de Cristo.
El recuerdo amoroso y agradecido de la Pasión puede llevarnos a preguntarnos cuál era la naturaleza del agua con la que Jesús quiso lavar los pies de sus discípulos.
Tal vez no era agua ordinaria, ni siquiera agua bautismal, que tiene otras funciones, ni tampoco aquella que evidentemente brotó de su costado.
Imaginemos por un momento que esta agua de la Última Cena procedía de las lágrimas del hombre y que la palangana era aquella en la que todas las esponjas de este mundo estaban llamadas a verter su contenido de dolor.
Esta agua de lágrimas santificadas, de la que Jesús se sirve para ofrecer a sus seguidores el servicio más humilde, no es otra cosa que la que se genera por el servicio del hombre, al hombre que sufre.
Es hermoso poder pensar que esta agua fue utilizada y sirve diariamente para ser instrumento del acto simbólico más importante realizado por Jesús al abajarse y ponerse al servicio de los hombres.
Esto nos lleva a decir que, si hubieran sido lágrimas humanas, valoradas y purificadas por el compartir amoroso, este gesto habría sido una evidencia más de cómo la humanidad y lo que la caracteriza son tan importantes en el plan personal de Dios sobre cada uno de nosotros, es decir, en el plan de salvación que es la naturaleza misma de su voluntad.
Y además, cómo la participación amorosa en el servicio, por vocación, permite transformar el mal del hombre, que, a través de éste, se convierte así en instrumento de Dios en beneficio del hombre mismo.
Esta interpretación también puede llevarnos a releer la reacción particular de Pedro.
Quizás esto se deba no sólo al profundo significado de la acción de Jesús, sino en parte al contacto de su piel con esa agua tan particular.
Ardor, malestar.
Las lágrimas de dolor, con su salinidad, corroen nuestra piel y nuestra conciencia. Sin duda, somos corresponsables de estas lágrimas, y por eso su sal quema la piel de Pedro y de cada uno de nosotros, quienes, por nuestro pecado, somos la única causa del mal que generó esas lágrimas.
Nadie querría en su cuerpo un líquido que abrasa nuestras heridas, aunque conocemos bien el valor salvador del fuego y la quema, como ayuda en el camino de la conversión. La respuesta precisa e inequívoca de Jesús a Pedro: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo», en esta reinterpretación, implica la necesidad de que cada uno de nosotros comparta, simpatice, acepte y cargue con el dolor ajeno, como condición para pertenecer plenamente a la Vida.
Aceptar tales lágrimas sobre nosotros mismos.
El hombre que sirve al que sufre y al afligido, convirtiéndose en un instrumento humilde y dedicado en el ejercicio de su ministerio, es la esponja de la que hemos hablado. De acuerdo con la voluntad de Dios, ofrece a sus hermanos no solo la función específica del instrumento en el que se reconoce, sino también, en este caso específico, la sacralidad de un servicio reflejado en una acción específica de Jesús, realizada en un momento tan significativo de su existencia terrena, antes de derramar esas lágrimas de sangre que fluyeron en soledad, sin ser escuchadas ni compadecidas. Al servir al que sufre, cada hombre se santifica precisamente en su capacidad de vaciarse para dar cabida al dolor ajeno, que, aunque penetrante y devastador, no puede abrumarlo. La constante batalla entre el bien y el mal, entre la compasión y el dolor, entre compartir y la indiferencia, solo puede ganarse recurriendo a Aquel que siempre ha ganado esta batalla, dirigiéndonos a Él con nuestra oración de alabanza, nuestra petición de perdón y nuestra permanencia al pie de la cruz, convirtiéndonos así en madres y hermanos de todos. Sólo de esta manera podremos transferir y disolver nuestras pequeñas “pasiones” humanas en la Pasión de Cristo, transformándolas en oportunidades de sanación y renacimiento.
Al hacerlo así, no sólo les daremos sentido, sino que también les daremos el valor de anticipar la Resurrección que, como el mal que generamos, vivimos y vencimos por Él, es también un destino que nos une.
COMENTARIO DE La Señora de Todos los Pueblos
«El recuerdo [.] de la Pasión nos puede llevar a preguntarnos cuál era la naturaleza del agua con la que Jesús quiso lavar los pies a sus discípulos. Quizás no era agua ordinaria, ni tampoco agua bautismal, que tiene otras funciones, ni, obviamente, la que brotó de su costado».
No quiero contradecir, pero me preocupa «completar» doctrinalmente esta hermosa meditación sobre el «contenido», señalando al lector la naturaleza sacramental (contra el pecado original) del Agua que Cristo quiso derramar como excedente de Amor, después de haber agotado hasta la última gota de Su Sangre Benefactora; cito a Valtorta a propósito para dar una explicación más amplia a los lectores y al autor de este artículo sobre la «didáctica del Agua» usada para lavar los pies de los Apóstoles (no de los Discípulos) que hoy son los Obispos, guardianes sacramentales.
~ 635. «Y apreciad el agua… Después de haber expiado y redimido con treinta y tres años de vida fatigosa, culminada en la Pasión, después de haber dado toda mi Sangre por los pecados de los hombres, he aquí que del Cuerpo desmayado y consumido del Mártir salieron las aguas saludables para lavar la Culpa de origen. Con el Sacrificio consumado Yo os redimí de esa mancha. Si en los umbrales de la vida un milagro divino me hubiera hecho bajar de la cruz, en verdad os digo que por la sangre derramada habría limpiado los pecados, pero no la Culpa. Para ella fue necesaria la consumación total. En verdad, las aguas saludables de las que habla Ezequiel salieron de este mi Costado. Sumerjid en ellas vuestras almas, que de allí saldrán inmaculadas para recibir el Espíritu Santo que, en memoria de aquel aliento que el Creador sopló sobre Adán para darle el espíritu y por lo tanto la imagen y semejanza con Él, volverá a soplar y a habitar en los corazones de los hombres redimidos.»
Me gusta añadir otro pasaje de Valtorta sobre el «medio», el contenedor, si se puede así definir: una esponja que es entonces cada una de nuestras «buenas obras», sobre todo si ofrecidas a los moribundos, a los sufrientes; que debe dar sentido a la fe y cuya medida y eficacia se expresa en la actitud de recoger amor y luego donarlo, de compadecer, de vaciarse y volver a empezar: en otras palabras, el volumen de amor o la capacidad de amar. Este es nuestro deber, ser esponjas para quienes sufren, pero santas, buenas, que no den más amargura que veneno y disgusto al Señor moribundo en la Cruz. Alivio a Su eterna sed de almas. El valor de estas obras especiales va, pues, mucho más allá del beneficio al prójimo: en realidad se hacen primero al Señor para que sea amado y glorificado en la tierra; obras cuyo fin de amor, realizado en relación con los hermanos, es incidental, indirecto, pues es Dios Quien está por encima de todo.
~ 609. «Viene la voz lamentosa de Jesús: «Tengo sed!».
[.]Un soldado va a un vaso donde los ayudantes del verdugo han puesto vinagre con hiel, para que con su amargura aumente la salivación en los supliciados. Toma la esponja inmersa en el líquido, la introduce en una caña fina y sin embargo rígida, que ya está preparada allí cerca, y ofrece la esponja al Moribundo.
Jesús, que ha chupado ávidamente la amarga y agria bebida, torce la cabeza, envenenado por el disgusto. Debe, además, ser como del corrosivo sobre los labios heridos y partidos. Se retira, se desploma, se abandona. Todo el peso del cuerpo cae sobre los pies y hacia adelante. [.]La cabeza se inclina hacia adelante tan pesadamente que el cuello parece hueco [.] cada vez más anhelante [.] Ya es más un ronquido sincopado que una respiración. Cada tanto un golpe de tos penosa trae una espuma ligeramente rosada a los labios. Y las distancias entre una espiración y la siguiente se hacen cada vez más largas».
[.] Es cada vez más débil, volviendo al lamento infantil del niño, viene la invocación: «¡Mamá!». Y la desdichada murmura: «Sí, tesoro, estoy aquí». Y cuando la visión que se desvanece le hace decir: «¡Mamá, dónde estás? Ya no te veo. ¿Tú también me abandonas?», y no es ni una palabra, sino un murmullo apenas audible [.], Ella dice: «No, no, Hijo! Yo no te abandono! Escúchame, cariño… La Mamá está aquí, aquí está… y solo se atormenta por no poder venir donde Tú estás…».
Libro Azul
Rubbio (Vicenza), 17 de abril de 1992 Viernes Santo.
Adoremos a Jesús Crucificado. El libro azul, don Gobbi
«En este día, postraos, hijos míos predilectos, y junto conmigo, vuestra Madre dolorosa, con amor y con inmensa gratitud, adoremos a Jesús Crucificado.
Es verdadero Dios. Es nuestro Rey.
He aquí que ahora está extendido en su trono real; «Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos a Mí».
Acercaos, pues, al trono de la Gracia y de la Misericordia para obtener la salvación en este tiempo propicio de vuestra Redención. Porque Aquel que hoy es juzgado, condenado al patíbulo de la Cruz y cruelmente ejecutado en el Calvario es el verdadero Hijo de Dios. Es el Verbo consubstancial del Padre; es su Hijo Unigénito; es la Impronta de su sustancia; es el Esplendor de su gloria.
«No habiendo aceptado ni holocausto ni sacrificio, me has preparado un cuerpo: He aquí que Yo vengo, oh Padre, para hacer tu Voluntad».
«Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo Unigénito».
Jesús es el precioso don de amor del Padre; es el Siervo obediente y dócil; es el Cordero manso y silencioso que es conducido a la muerte; es el Redentor y el Salvador de toda la humanidad.
«Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se anonadó a sí mismo y tomó la condición de esclavo. Y así, hecho hombre, se hizo obediente hasta la muerte y una muerte de Cruz».
Te adoramos, Jesús Crucificado, porque sobre tu trono real, liberas a la humanidad de la esclavitud de Satanás, borras cada mancha de pecado y ofreces el don precioso de tu Redención.
Es mi Hijo Jesús que hoy muere en la Cruz, concebido en mi seno virginal, formado durante nueve meses antes de su nacimiento humano, nutrido con mi carne y con mi misma sangre.
Nacido en una Gruta, recostado en un pesebre, nutrido con mi leche, crecido entre mis brazos, acunado por mi amor, conducido por mis manos, formado con mis palabras, custodiado y defendido en su infancia amenazada, contemplado con mi materna dicha en el ritmo de su crecimiento humano, ayudado con mi presencia en el cumplimiento de su misión pública, asistido por Mí en este día de su injusta y tan inhumana ejecución.
Mirad Conmigo su Cuerpo convertido todo él en una llaga por la terrible flagelación; su rostro desfigurado por la sangre, que baja por su cabeza atravesada por la corona de espinas; sus espaldas llagadas que sostienen con fatiga el madero de su patíbulo.
Escuchad en vuestro corazón Conmigo, los golpes terribles de los clavos que le traspasan las manos y los pies; el choque de la Cruz contra el suelo que lo hace estremecerse de nuevo dolor; los gemidos de su sangrienta agonía, su último suspiro que emite en el instante de su muerte en la Cruz.
Es mi Hijo que muere, junto a mí, su Madre dolorosa, que abre su Corazón para recibiros, a todos vosotros, en la cuna dolorosa de su nueva y universal maternidad.
Jesús Crucificado es nuestro Redentor y Salvador.
Hoy se cumple el designio de toda su vida y se cumple, de manera perfecta, la Voluntad del Padre, porque Él se inmola como víctima por nuestra salvación.
Mirad hoy, con amor y con inmensa gratitud, en espíritu de gozo y consuelo, a Aquel a quien han traspasado.
Él es el verdadero Cordero de Dios que quita los pecados del mundo; es el sumo Sacerdote que entra una sola vez en el Santuario para obtener, con su sangre, una redención eterna.
Él es vuestra Pascua: el puente que os permite pasar del pecado a la gracia, de la muerte a la vida, de la esclavitud a la libertad.
Él es vuestro hermano que os toma de la mano y os conduce a ser verdaderos hijos de Dios.
Jesús volverá sobre el trono real de su gloria, para dar cumplimiento a aquella Palabra suya, que ha sido la causa de su condena; las nubes del cielo se postrarán como escabel a sus pies, y vendrá para instaurar su Reino de gracia, de santidad, de amor, de justicia y de paz; llevando así a perfecto cumplimiento el designio de su Redención.
Vivid en la espera de su glorioso retorno y de vuestra próxima liberación».
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