Del miedo a entregar la vida. Con la llegada del “otro” Paráclito nada puede ser igual que antes.
Por P. Jorge Hidalgo
La liturgia a nosotros y Cristo a sus apóstoles, nos fueron preparando para la partida de Nuestro Señor Jesucristo. Fue a prepararnos un lugar y se fue al lugar que le corresponde por ser la segunda persona de la Santísima Trinidad, a la diestra del Padre.
Pero no nos ha dejado solos, Él ofreció “otro” Paráclito. Esta palabra en griego quiere decir, el que alienta, el que consuela, el que conforta.
¿Y qué quiere decir el Señor cuando dice “otro” Paráclito? Dice “otro” Paráclito porque el primer Paráclito es Él. Cuando estamos caídos por nuestros pecados y nuestras miserias, el primero que nos anima es Él, desde la Cruz, desde donde nos recuerda que murió por nuestros pecados.
En esa primera venida nuestro Señor vino como médico a buscar a los enfermos, como juez misericordioso a buscarnos para que nos convirtamos. En esa venida nos anima, nos alienta, nos consuela y nos conforta.
Y cuando se fue a la diestra del Padre tuvo que dejar otro Paráclito porque sin su ayuda no podríamos llegar nunca al Cielo porque somos tan miserables, tan bajos. Nos quedamos a veces tan apegados a las cosas de este mundo, que nos cuesta levantar la vista al Cielo, somos muy terrenales, nos quedamos solo con lo que se ve, con lo que se siente, con lo que parece, pero necesitamos elevar nuestra mirada a Dios.
El ejemplo está en los mismos apóstoles. Ellos vieron los milagros que hizo Jesús, escucharon la explicación de su Palabra de sus propios labios, pero tuvieron miedo. ¿Qué pasó con ellos el viernes santo? Se fueron, tenían miedo. Pedro lo negó, Judas lo traicionó, el Señor se quedó solo con Juan.
Pero una vez que vino el Espíritu Santo se fueron a misionar por el mundo y más aún, el libro de los Hechos de los apóstoles dice que ellos estaban contentos de padecer algo por Cristo. ¿Y qué les hicieron? Los azotaron, los golpearon y todo por el nombre de Jesús. En su nombre salieron a predicar por el mundo y todos murieron mártires a excepción de San Juan, quien no murió mártir pero lo intentaron matar. Según la tradición lo tuvieron 12 horas en aceite hirviendo y no pudieron acabar con su vida.
Pero los demás: Pedro murió crucificado, a San Pablo le cortaron la cabeza, a San Andrés lo crucificaron en una cruz en forma de X, a Santiago el Mayor le cortaron la cabeza, a Santiago el Menor lo tiraron de arriba del templo, a San Bartolomé lo desollaron, etc. ¿Qué pasó en estos hombres?, ¿cómo puede ser que antes eran tan temerosos y después no les importó que los persiguieran y los mataran?
Lo que ocurrió fue la venida del Espíritu Santo, del “otro” Paráclito. Nada podía ser igual que antes, porque llegó el que anima, que alienta, el que consuela, el que conforta, y que a uno lo hace seguir adelante a pesar de las propias miserias que todos tenemos, a pesar de las miserias que tengan los otros, miserias por las cuales nos persigan. Entonces la persecución ya no importa porque, como dice el libro de los Hechos de los Apóstoles, “no podemos callar lo que hemos visto y oído.“
Ésa es la gran misión del Espíritu Santo, nos anima a dar testimonio de que Jesús es el Señor y que sin Él nada lo podemos. Por su parte, el espíritu del mal, que es el diablo, hace lo contrario, nos anima a transgredir la ley de Dios y luego nos da la vergüenza para no recurrir a la confesión, hace que uno se avergüence de tener que confesar los mismos pecados o se desaliente de confesarse por lo que va a pensar el sacerdote.
Pero no debemos quedarnos sin la confesión de nuestros pecados porque al momento del juicio particular y universal, será el mismo demonio el que nos va a acusar.
En cambio, el Señor hace otra cosa distinta.
Cuando sana a Bartimeo los que estaban por ahí le dicen: Ánimo, levántate, Él te llama. Eso es lo que siempre ocurre con nuestro Señor, Él nos llama.
Está el caso de Mateo, la gente lo acusaba porque los que cobraban impuestos siempre se quedaban con el vuelto en el bolsillo, pero Jesús dice que viene como médico no a buscar a los sanos, sino a los enfermos.
Así que el Señor viene justamente a alentarnos, porque tenemos muchas miserias, él viene a decirnos, tú puedes convertirte porque todos estamos llamados al cielo, no a otro destino más bajo o más rastrero.
Entonces, el Espíritu Santo es el que nos anima a la conversión, y el que nos acusa es el demonio.
“El mundo no lo puede recibir”
¿Por qué el mundo no recibe al Espíritu Santo y los apóstoles sí? Cuando San Juan dice “mundo” en esta cita de su evangelio, no se refiere a las cosas creadas por Dios, porque todo lo creado por Dios, lo visible y lo invisible, es bueno, Dios no hizo nada malo. Si los hombres nos volvimos malos o los ángeles que cayeron se volvieron demonios, es porque hombres y demonios eligieron el mal, pero no porque Dios los creó malos.
El ejemplo es Judas. Dios quería que fuera un apóstol y un santo de altar, pero él eligió ser traidor. Y así como Judas tantos otros.
La tradición católica dice que hay tres enemigos del alma, el demonio, el mundo y la carne. Y muchas veces el demonio está aliado con el mundo, de tal forma que si me dejo llevar por el qué dirán, por la mayoría, la moda o la televisión, ya no estoy pensando como Dios lo hace.
Jesús no pensó como el mundo. Cuando murió en la Cruz todos lo consideraban un loco, sus parientes lo consideraban un exaltado; defendió a la mujer que querían apedrear porque pensaba lo contrario a lo que pensaba el mundo. Como Él, uno no puede pensar como piensa la mayoría, uno debe pensar como piensa Dios.
Debemos tener el criterio del evangelio para poder recibir al Espíritu Santo, para estar abierto a la acción de Dios en el fondo del alma. Los Apóstoles ya conocían a Jesús y estaban limpios por la palabra que Él les había anunciado; estaban limpios por el bautismo.
En nuestro caso, quedamos limpios al momento de la confesión. ¿Cuál es el efecto? Justamente es limpiar nuestra alma, estar en gracia de Dios. El Espíritu Santo permanece con los que quieren amar a Dios, con los que buscan mejorar, que buscan cada día vencer sus debilidades y que en su corazón reine la caridad.
Y sin su ayuda divina -dice la antífona de Pentecostés- no hay nada en el hombre. Todo lo que nosotros tenemos de bueno viene de Dios, Dios es el que nos inspira, “Dios es el que obra en vosotros en querer y en obrar para que actuéis según su beneplácito”, dice San Pablo.
Entonces, el querer y el obrar, la intención y la ejecución, todo viene de Dios. Así, si uno dice, Dios es el que me ayuda, me alienta y me consuela, Él es el que hace que hable en su nombre. Y esto, en el orden sobrenatural, pero además incluso en el orden natural porque los diez mandamientos, que son del orden natural, ¿quién los puede cumplir? Si no me confieso no los puedo cumplir ni yo ni nadie, los diez mandamientos se cumplen solo con la gracia de Dios.
El primer mandamiento, por ejemplo, amar a Dios sobre todas las cosas, es decir no amar más la fama, el dinero, el poder, el placer o cualquier otra cosa: sino estoy confesado, no puedo cumplirlo, solo se cumple con la gracia de Dios y así como éste, cualquiera de los otros mandamientos.
Necesitamos al Espíritu Santo para ser buenos hombres, para ser según el modelo que Dios nos ha pensado y para ser hombres cristianos, hombres santos, porque Dios no quiere que seamos plantitas rastreras, sin hojas ni frutos. Dios quiere que seamos grandes santos, árboles que den sombra frondosa, árboles bien regados por la gracia de Dios, árboles que den mucho fruto, no por nosotros, sino porque Dios es el que da frutos en sus santos.
Así que tenemos que aspirar precisamente a eso, a lo más grande, a lo más santo e imitar a Cristo contemplándolo en la Cruz y con la ayuda del otro Paráclito, que nos va a hacer actuar según el querer de Dios.
Esta gracia debemos pedirle a la Virgen Santísima, para que en esta lucha salgamos bien librados porque el demonio va a intentar desalentarnos, va a poner obstáculos para que no confesemos, para que vayamos a Misa, para que recemos, va a hacer todo lo posible para que no seamos mejores.
Nosotros en cambio anhelemos el Espíritu Santo que nos anima a imitar a Jesucristo, estar cerca de Él, seguir sus ejemplos, no por nuestras fuerzas, Dios es el que nos va a mover interiormente para que hagamos lo que Cristo quiere, de tal forma que lleguemos a decir, como San Pablo: Vivo yo, pero no soy yo el que vive, es Cristo el que vive en mí.
Cuando reciten esta nueva Letanía durante los momentos de grandes pruebas, Yo les concederé alivio

Mensaje de Jesús 🏹
8 de enero de 2014
Mi muy querida bienamada hija, debe ser dado a conocer que todos ustedes, cuando defiendan la Palabra de Dios durante los tiempos de oscuridad, necesitarán todas las Gracias de Mi parte, para permanecer con firmeza. Cuando me llamen para que vierta con Mis Gracias especiales sus almas, encontrarán más fácil seguirme.
Yo dispongo ahora, para todos ustedes valientes y leales almas, estas gracias especiales. Cuando reciten esta nueva Letanía durante los tiempos de grandes pruebas, Yo les concederé alivio.
Letanía (6) Para pedir el Don de Gracias
Oh, querido Jesús, Mi bienamado Salvador,
Lléname de Tu Amor
Lléname de Tu Fuerza
Lléname de Tu Sabiduría
Lléname de Tu Perseverancia
Lléname de Tu Humildad
Lléname de Tu Coraje
Lléname de Tu Pasión Amén.
Para las almas que lo reciten durante los tiempos de persecución, sepan que verteré estas Gracias sobre ustedes. Llegarán a estar más tranquilos, más fuertes y más valientes, mientras portan Mi pesada Cruz hacia las puertas del Nuevo Cielo y la Nueva Tierra. Más importante aún, no sucumbirán a la intimidación la cual deberán afrontar en Mi Santo Nombre.
Caminarán inalterables y de una manera digna, a medida que sigan ratificando/defendiendo la Palabra de Dios. Porque cada uno que responda a esta Llamada y recite esta Letanía especial, sentirán una alegría en sus corazones que no estaba ahí antes. También se sentirán confiados en el conocimiento de haber sido bendecidos por el Poder del Espíritu Santo, y la Verdad siempre reinará en sus corazones.
Los amo y los bendigo a cada uno de ustedes ahora – en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Su Jesús
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