Hubo una vez —y sigue habiendo—un hombre que se proclamó rey. No sobre un reino de montañas ni sobre ejércitos. Se proclamó rey de sí mismo. Señor absoluto de su cuerpo. Legislador de su carne. Juez único de su vida.
Hubo una vez —y sigue habiendo— un hombre que se proclamó rey.
No sobre un reino de montañas ni sobre ejércitos. Se proclamó rey de sí mismo.
Señor absoluto de su cuerpo. Legislador de su carne. Juez único de su vida.
“Mi voluntad es ley”, dijo.
“No hay más bien que lo que yo quiera. No hay más verdad que mi decisión.
Ni siquiera Dios puede imponerme algo, porque soy libre.”
Y con esa piedra fundó un reino.
No tenía cimientos, pero lo elevó alto.
Lo llamó el dominio de la libertad, y erigió sus columnas con decretos,
sentencias, votos y fórmulas solemnes.
A cada generación le enseñó:
“Tú no has recibido la vida. La tienes.
Y lo que se tiene, se dispone.”
La muerte, en su reino, dejó de ser misterio.
Se convirtió en derecho.
La vida ya no era don, sino préstamo.
Y el cuerpo ya no era templo, sino territorio.
Los jueces del reino aprendieron a obedecer a los deseos.
Los legisladores aprendieron a legislar lo que se pide, no lo que es justo.
Y el tribunal supremo ya no dictaba desde el trono de la justicia,
sino desde el eco del deseo mayoritario.
Así, el rey de sí mismo gobernó con mano firme:
permitió abortos, suicidios asistidos, mutilaciones,
experimentos con los cuerpos, libertades sin objeto.
Y si alguien hablaba del derecho natural,
se le acusaba de herejía contra la nueva fe:
la autodeterminación.
Un día, el rey enfermó.
Y, fiel a sus leyes, redactó su última orden:
que se le administrara una muerte limpia, digna, legal.
Sin oración. Sin misterio. Sin rendición.
Pero cuando el cuerpo ya no respondía,
cuando el dolor llegó sin pedir permiso,
una voz se alzó dentro de él.
No era la ley.
No era la memoria.
Era otra cosa.
Y le preguntó:
“¿Acaso puede abolirse lo que no se instituyó?”
“¿Tú te diste la vida? ¿Tú fundaste tu ser? ¿Tú escribiste tu alma?”
El rey calló.
Comprendió, demasiado tarde,
que había vivido como si fuera autor,
cuando era sólo criatura.
Que había firmado leyes sobre su cuerpo
como si fuera propiedad,
cuando en realidad era un santuario.
Que había llamado libertad a lo que era huida,
y soberanía a lo que era soledad.
Pero su firma ya estaba estampada.
El protocolo ya había sido activado.
Su muerte fue limpia, legal, y vacía.
Nadie lo despidió. Nadie lloró.
No porque no lo quisieran,
sino porque ya nadie recordaba lo que era el alma.
Y así terminó el reinado del último soberano del cuerpo.
No como mártir de la libertad,
sino como evidencia del error.
Porque había sido coherente, sí.
Pero la coherencia puede destruir tanto como la mentira,
cuando parte de una premisa falsa.
Y no hay premisa más falsa que esta:
que el hombre es su propio dios.
Porque el hombre no se pertenece.
No es dueño de su vida, ni juez de su muerte, ni autor de su ser.
Es criatura.
Y lo olvidó.
OMO
El orgullo es un rasgo peligroso porque convence al hombre que él es más grande que Dios
Mensaje del Libro de la Verdad 🏹
15 de diciembre de 2013
La humanidad ignora de las Leyes Divinas y la Divina Voluntad de Mi Padre. El hombre es una criatura de Dios y, como tal, no se le ha dado el Don del Conocimiento en relación a muchos secretos que solo son conocidos por los ángeles y santos en el Cielo. Por lo tanto, un hombre no puede decir que él sabe la razón de por qué Mi Padre permite que ciertos acontecimientos tengan lugar en el mundo, mientras que otro hombre afirma que está al tanto del origen del universo. El hombre es un simple servidor de Dios, pero Dios, debido a que quiso crear al hombre a Su perfecta Imagen, le concedió muchos dones y talentos. Él nunca le dio al hombre el Conocimiento del Árbol de la Vida y esto fue por una razón. El hombre destruyó su posición a los Ojos de Dios, cuando Adán y Eva se separaron de Él, a causa del pecado del orgullo. El pecado del orgullo continúa hoy día y es la causa en gran parte de que se separen de Dios. El orgullo es un rasgo peligroso porque convence al hombre que él es más grande que Dios. El orgullo seduce al hombre para interferir con las Leyes de la Divinidad de Dios.
Esto incluye la creencia de que el hombre tiene el derecho de decidir a quién se le da el Regalo de la Vida y quién tiene el derecho de quitarla.
El orgullo también convence al hombre de que él sabe cómo fue creado el universo, cuando él es, de hecho, ignorante de tal milagro. Solo Dios tiene el Poder para crear cualquier cosa. Solo Dios puede decidir cuánto le permitirá al hombre explorar o manipular Su Creación. Sin embargo, el hombre cree que él sabe todas las respuestas. Cuando el hombre cree que él controla su propio destino, y el destino de los demás, cae en grave error porque cuando él imite el pecado de Lucifer, será arrojado fuera. Cuando el hombre se niega a responder a su Creador, Él ya no estará ahí para consolarlo en el último día.
No deben nunca permitir que el orgullo les convenza de que saben todas las cosas de este mundo y más allá de él, porque esto es imposible. En cambio deben escuchar, aceptar las instrucciones establecidas en los Santos Evangelios, para que puedan vivir en paz y de acuerdo a la Voluntad de Mi Padre. Pues cuando ustedes se humillen ante Él, Él les mostrará gran gloria y entonces comprenderán el gran misterio de Su Reino Glorioso en el último día.
Su Jesús
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